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Es: La Orden de la Estricta Observancia

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Von Hund

Inhaltsverzeichnis

La Orden de la Estricta Observancia

Publicado por Eduardo R. Callaey


Los Maestros Escoceses y la Orden de la Estricta Observancia

La Restauración Templaria y La Orden de la Estricta Observancia

Introducción:

La tradición templaria está presente en numerosos sistemas masónicos. Se la puede encontrar en el grado de Caballero Kadosh, 30º del Rito Escocés Antiguo y Aceptado. En las Islas Británicas, tanto en Escocia como en Inglaterra, se han creado Ordenes Templarias que actualmente se reúnen bajo las denominadas Ordenes Aliadas. Sin embargo, el renacimiento templario, también denominado neotemplarismo, fue consecuencia de la acción de los estuardistas exiliados en Francia, tal como hemos publicado recientemente.

El resultado de esta nueva caballería de tradición jerosolimitana, inspirada en la Cruzadas, tuvo su apogeo –y su apoteosis- en la Orden de la Estricta Observancia creada por el barón Gottel von Hund a instancia de la Casa Estuardo. Su acción se extendió por décadas, principalmente en Alemania y el Imperio, llegando a acumular un poder masónico, político y militar sin precedentes. En 1782, como consecuencia de los acuerdos llevados a cabo en el Convento de Wilhelmsbad, la Estricta Observancia y los Masones Rectificados de Lyon se fusionaron en una nueva Orden Masónica que se denominaría con el nombre de Régimen Escocés Rectificado. Este sistema masónico-caballeresco es el heredero directo de aquella caballería neotemplaria del siglo XVIII y sin ella no podría comprenderse cabalmente su razón de ser.

Como ocurre con muchos otros aspectos de la historia de la masonería, existe una profunda ignorancia –no exenta de mala fe- respecto de esta impronta caballeresca, así como del contexto histórico en el que se desarrolló, impregnando a la masonería de toda su tradición cristiana y militar. Si bien el Rito Escocés Rectificado debe su doctrina –que la tiene- al genio y la inspiración de Willermoz, no es menos cierto que el aspecto caballeresco de su Segunda Clase es la espina dorsal de su estructura. Desconocerlo es lisa y llanamente desconocer la historia del Rectificado y de gran parte de la masonería continental europea del siglo XVIII. Las investigaciones en torno al neotemplarismo de la Estricta Observancia están lejos de conocerse ampliamente en lengua española y queda por delante un enorme trabajo al respecto. Este ensayo, deliberadamente extenso, incluso inapropiado para un blog, se publica en un momento crucial de la Orden Rectificada y de la Masonería de tradición, pues si no entendemos esta historia tampoco entenderemos nunca qué hacen las espadas en una Orden que supuestamente recibió una única herencia de los constructores de catedrales. Retomamos entonces, la historia iniciada semanas atrás, cuando publicamos el ensayo sobre “Los Jacobitas, Ramsay y la masoneríaescocesa”

1.- El espíritu de “Cruzada”

El espíritu –y el lenguaje- “cruzado” que Ramsay utiliza en su discurso, es el que animaba a los jacobitas en su “epopeya restauradora”. Pero es también, en todo caso, la consecuencia de los acontecimientos que sacudían Europa.

La realidad que estos hombres vivían les imponía, ante todo, un deber militar en la defensa de las distintas “cristiandades” que abonaban Europa. Pero también es cierto que a las guerras de religión que diezmaban la unidad cristiana, se sumaba el recuerdo, aun latente, de la amenaza de los turcos islámicos. Hasta fines del siglo XVII, el este europeo había padecido el jaque del Imperio Otomano, que soñaba con extender las fronteras del Islam hacia el corazón geográfico del cristianismo.

Apenas unas décadas atrás Europa había tenido nuevamente ante las puertas de Viena a los ejércitos turcos liderados por el visir Kara Mustafá. La conquista de Viena era la carta de triunfo del Islam en el centro de Europa.

En aquel momento, fue Sobiesky el que lideró la batalla decisiva, ocurrida en la mañana del el 12 de septiembre de 1663. Al amanecer de aquella jornada, en una pequeña iglesia erigida sobre el monte Kahlenberg, frente a 150.000 soldados turcos, el capuchino Marco de Aviano, legado papal, celebró la Santa Misa. Junto al rey de Polonia estaban nobles y príncipes alemanes, austriacos, húngaros y voluntarios italianos cuyo número era apenas la mitad del de los atacantes.

No era esta una gesta romántica ni una batalla más de las que se libraban en Europa entre facciones cristianas.

Nuevamente, como había sucedido en el año 730 en las llanuras de Poitier, -donde Carlos Martel detuvo al general berebere Abd al-Rahman ben Abd Allah al Gafidi que había invadido la Aquitania- o como en la batalla de los Cuernos de Hattin –donde fue derrotado el ejército cristiano por el kurdo Saladino, precipitándose la caída de Jerusalén- la cristiandad estaba seriamente amenazada.

Todos estos hombres reunidos en torno a Sobiesky –cuyos descendientes constituían el auditorio de Ramsay- vivían su misión con un verdadero espíritu de cruzada en el que no podía estar ausente la inspiración de sus propios ancestros, el eco de aquellos lejanos parientes que se habían batido con los musulmanes en las arenas del Levante.

La nobleza europea, nuevamente convertida en “militia christi” estaba unida frente al Islam. La rueda de la historia había recorrido una vuelta completa y sobre el campo de batalla sobrevolaba la mítica caballería templaria. Todos los actores parecían haber retornado, hasta los traidores que apostaban a la derrota cristiana, esperada, en este caso, no por los griegos de Bizancio sino por el propio rey de Francia que alentaba a los turcos.

Emulando a los hombres de Godofredo de Bouillón, el rey polaco -al grito de “En el nombre de Dios”- se lanzó contra los turcos. Quiso la providencia que triunfaran los cristianos. Veinte mil turcos fueron muertos en aquella trágica jornada y otros tantos miles huyeron dispersos para no volver nunca más al corazón de Europa. Pero de aquella epopeya surgieron nuevas alianzas y lealtades junto a una conciencia renovada de reconstruir la “cristiandad”. ¿Quién lo haría sino la nobleza cristiana? Allí, junto a Jan Sobiesky estaban el markgrave Luis de Badem, el duque Carlos de Lorena –el abuelo de Francisco Esteban, duque de Lorena que, como veremos, erigiría un Estado de inspiración masónica en el Gran Ducado de Toscana- y tantos otros señores.

Muchos de los hijos y nietos de los combatientes de Kahlenberg, su habían unido a la francmasonería jacobita del siglo XVIII

La nieta de Sobiesky, la princesa Marie-Charlotte Sobieska se casaría con Charles Godefroy de La Tour Auvergne, 5º Duque de Bouillón (1706-1771), protector de Ramsay, señor del mítico castillo de las Ardenas y fundador de la logia “La Perfecta Armonía” que permanecería activa hasta los tormentosos días de la Revolución Francesa.

La masonería que Ramsay proponía no sólo sintonizaba con el nuevo espíritu cruzado de la nobleza europea. Constituía –como bien lo señala Andreas Beck- el vector en el cual la reunificación del cristianismo encontraba su más formidable herramienta. De alguna manera, el jacobitismo participaba de la misma esperanza, representada en la restauración de la dinastía católica de los Estuardo. En todo caso, estos hombres habían encontrado una organización capaz de contener en su seno a aquellos que buscaban una renovada religión en “la que todo cristiano conviene”.

El vínculo de Ramsay con los duques de Bouillón no deja de ser una pieza clave en el entramado que une a cruzados, templarios y masones. Charles de La Tour Auvergne, 5º Duque de Bouillón formaba parte de la nobleza ilustrada. No sólo era fundador de logias –se llegó a hablar de una verdadera “Orden Masónica de Bouillón”- con asiento en las Ardenas, sino que introdujo en aquella región una imprenta que devino en la conformación de un polo editor de la “Ilustración” de gran prestigio.

Su hijo, Godefroy III Charles Henri de La Tour d'Auvergne, 6º Duque de Bouillon, (1728-1792)[1], que había sido educado por Ramsay, sería Gran Chambelán de Francia y se convertiría luego en una pieza clave de la francmasonería de la “Estricta Observancia Templaria” creada por el barón von Hund. En 1774 era Gran Maestre de los cuatro Directorios Escoceses de Auvernia, con sede en Lyon; de Occitania, con sede en Bordeaux; de Borgoña, con sede en Estrasburgo y de Septimania con sede en Montpellier.

2.- La trama masónica en torno a la sucesión de Polonia

Hemos hecho referencia a la compleja trama diplomática que enfrentaba a Francia y Gran Bretaña en 1737 y al especial cuidado con el que la policía de Fleury vigilaba las actividades de los francmasones “escoceses”. También hemos mencionado que uno de los acontecimientos que tenía en vilo a Europa era la cuestión de la sucesión de Polonia que permanecía estancada. Ni la francmasonería inglesa ni la francesa estaban ausentes a esta cuestión; a tal punto que, como veremos, la solución se tejió en base a un acuerdo entre prominentes masones ligados a la masonería jacobita y al duque de Lorena -nieto de aquel que había enfrentado a los turcos junto con Sobiesky- caballero francmasón y emblema de la masonería “cruzada”

La “Guerra de Sucesión” de Polonia provocaba un profundo conflicto en el que intervenían Alemania, que apoyaba los derechos de Augusto de Sajonia –hijo del extinto Augusto II, casado con la sobrina del emperador Carlos VI- y Francia, que sostenía al partido de Estanislao Leszczynsky, suegro de Luis XV. El conflicto afectaba los intereses de otras potencias, como España, Rusia, Austria y los Países Bajos.

Fleury trataba por todos los medios de mantener al margen a Inglaterra, que había dado evidentes muestras de querer mediar en el conflicto.

En 1737 -año en el que Ramsay propone a Fleury que el propio Luis XV se coloque al frente de la masonería católica- el hábil canciller francés estaba a punto de lograr la paz con el emperador alemán mediante un tratado por el cual Estanislao Leszczynsky –un masón con fuertes vínculos en las logias jacobitas- recibía el ducado de Lorena de manos de otro masón, Francisco Esteban, que a cambio se quedaba con el ducado de los Médici, destrabando así el acceso de Augusto de Sajonia al trono polaco.

Allec Mellor ha sostenido la hipótesis de que Ramsay no pudo haber elegido peor momento para plantear su plan a Fleury: “…No era momento de descontentar al gabinete de Londres, ya decepcionado y amargado, pues no había podido representar en su provecho el papel de mediador. Mezclar la causa de los Estuardo con todas estas intrigas, en semejante momento, hubiera sido catastrófico…” [2]

En efecto, el 2 de mayo de 1738, Francia, España, Gran Bretaña, Holanda y el Imperio firmaron el “Tercer Tratado de Viena” por el cual Leszczynsky renunciaba al trono polaco y reconocía la legalidad de Augusto de Sajonia, a cambio de Lorena, con la condición de que esos territorios fueran heredados por su hija, la esposa de Luis XV. Francia –a su vez- aceptaba la sucesión de Maria Teresa Habsburgo como emperatriz del Imperio Austro Húngaro. Francisco de Lorena, esposo de María Teresa, recibía Toscana, en contra de los deseos de los españoles, de modo que Francia no solo evitaba el peligro en sus fronteras sino que también conseguía –con la futura anexión de Lorena- un sueño secular. Carlos Manuel de Piamonte reconocía la sucesión austro húngara a cambio de las ciudades de Novara y Tortona. El Milanesado pasaba de nuevo al emperador, además de Parma y Piacenza. Augusto de Suabia, finalmente, asumía el trono polaco, comprometiéndose a respetar las tradiciones del país y la defensa del catolicismo.

No es un hecho menor que la soberanía de Toscana pasara a manos de un francmasón, situación que sin dudas causaría profunda preocupación a Roma. Veamos quién era este duque de Lorena devenido en “Gran Duca de Toscana”.

Francisco Esteban había sido iniciado “aprendiz” en 1731, en el seno de la primera logia establecida en La Haya, cuyo venerable maestro era el conde de Chesterfield. Un año después, en tenida magna, se inauguró en Londres una nueva logia francesa bajo la enseña del “Duque de Lorena” en la que le fueron conferidos los grados de compañero y maestro. El marco de esta ceremonia permite establecer hasta qué punto se asignaba la mayor importancia a su incorporación a la Orden. Se realizó en Houghtou-Vall, la residencia de Robert Walpole, conde de Orfolk -quien era nada menos que el primer ministro de su majestad Jorge II Hannover- y contó con la participación de los más ilustres masones ingleses, con su Gran Maestre a la cabeza.

Francisco Esteban, Duque de Lorena

Francisco Esteban, Duque de Lorena

Hijo de Leopoldo, duque de Lorena, -y nieto de Carlos de Lorena que, como hemos visto, había combatido a los turcos en las filas de Sobiesky- Francisco Esteban había nacido en Nancy en 1708 y heredado el ducado en 1729. En los años siguientes a su iniciación se vio envuelto en la guerra de Sucesión Polaca como consecuencia de su casamiento con María Teresa Habsburgo. En compensación por la cesión de Lorena a Leszczynsky recibió el Gran Ducado de Toscana, cuya soberanía había quedado vacante en 1737 con la extinción de la dinastía de los Médici.

Cuando Francisco Esteban asumió el control del Gran Ducado, la masonería ya estaba establecida en Toscana –donde operaban hannoverianos y estuardistas- y atravesaba duras dificultades con el clero. En 1737 se habían fundado algunas logias en Florencia, contra las cuales dispuso prevenciones inmediatas el último gran duque de la Casa de los Médicis. Pero su muerte, ocurrida ese mismo año, animó a los masones a continuar sus actividades. El clero florentino, que había azuzado al duque contra la sociedad, ahora recurría a Clemente XII quien, ya un año antes de dictar la bula que excomulgaría a los francmasones, se encargó de enviar un inquisidor a Florencia que arrojaró a los calabozos a numerosos miembros de las logias. Inglaterra había logrado la libertad de algunos masones hannoverianos, pero la situación del resto permanecía en extremo complicada.

Todo esto se modificó radicalmente luego del Tratado de Viena firmado en 1738 por el cual Francisco Esteban asumía la soberanía de Toscana. Uno de sus primeros actos de gobierno fue liberar a los francmasones que permanecían presos de la Inquisición y pese a que su esposa María Teresa Habsburgo no profesaba ninguna simpatía hacia la francmasonería, él desplegó una intensa actividad en la creación de logias, no sólo en Florencia sino en otras importantes ciudades de su territorio. Estableció un Consejo de Regencia que se convirtió en la máxima institución del Estado; se rodeó de hombres con una enorme experiencia política, cuya principal misión era la de modernizar las estructuras de gobierno poniendo en práctica políticas reformistas en lo económico, en lo eclesiástico y lo social.

Las logias establecidas en Toscana gozaron de su protección a partir de entonces y no las afectaría la bula de 1738. Su actividad masónica no se limitó al entramado político que la Orden tejía por toda Europa. Francisco Esteban abrazó el esoterismo masónico y las corrientes templarias, pero en particular la alquimia, ciencia a la que dedicó ingentes esfuerzos como tantos otros soberanos y nobles de aquel tiempo.

Al morir Carlos VI, la emperatriz María Teresa lo nombró corregente y en 1745, luego de disputarle la corona al elector de Babiera fue reconocido por la Dieta como emperador de Alemania. Sin embargo, su actividad se centró en Toscana, en donde estableció un régimen de tolerancia religiosa inédito en el continente. Durante su largo reinado muchos documentos oficiales del ducado llevaron impresos una escuadra y un compás y otros símbolos masónicos.

Cabe preguntarse si la petición de Ramsay a Fleury había sido “inoportuna” o si, por el contrario, los “escoceses” eran concientes de que ésta era la última oportunidad. Las persecuciones en Holanda y en España eran un antecedente cierto del rumbo que podría tomar la propia Francia y –más peligroso aun- la Sede Apostólica. Entre 1737 y 1738 ocurrieron hechos que aceleraron la decisión pontificia relativa a la francmasonería y uno de ellos es sin dudas la situación que acabamos de describir en torno a Toscana.

3.- “Y por otros motivos justos y razonables por nos conocidos”

“Aliisque de justis ac rationabilibus causis Nobis notis” El 25 de Julio de 1737, Clemente XII convocó a Roma a los cardenales Ottobone, Spinola y Jondedari. Del cónclave participó el inquisidor del Santo Oficio en Florencia. La cuestión a tratar era qué hacer con la francmasonería: Los capítulos de “caballeros elegidos” es expandían sin cesar y ya se hablaba de “caballería templaria”

Se decía que el clero regular estaba apoyando el movimiento y que algunos monasterios albergaban capítulos clandestinos. Para colmo, los acuerdos por Polonia colocaban a un príncipe masón en el antiguo bastión florentino, a las puertas de los Estados Pontificios. A esto se sumaba la creciente actividad masónica que lord Balmerino desplegaba en Avignon, en las propias barbas del legado pontificio en la ciudad de los papas. Es muy probable que en esa reunión ya se hablara de la excomunión de los masones. Pese a los esfuerzos de la masonería católica francesa y de la acción del jacobitismo masónico, crecía en Roma la certeza del peligro letal que se cernía sobre la Iglesia.

Los franceses insistían en el carácter cristiano de la francmasonería. Prueba de ello es el documento francés de 1735 que hace mención a “…la religión en la que todo cristiano conviene…”. Pero en 1738 se produjo otro hecho indicativo del rumbo que tomaba la francmasonería inglesa y sus logias aliadas: La publicación de las Constituciones de Anderson modificadas en su artículo 1º.

Muchos masonólogos del campo católico han remarcado que la primera condena pontificia es posterior a la nueva redacción de las “Constituciones” de 1738, puesto que estas concluían con la “protestantización” de la francmasonería hannoveriana. [3] Esta cuestión precipitó la reacción del papado.

He aquí los dos textos:

El texto de 1723

“Un Masón está obligado por su título a obedecer la Ley moral y si comprende bien el Arte, no será jamás un ateo estúpido, ni un libertino irreligioso. Sin embargo, en los tiempos antiguos los Masones fueron inducidos en cada país a pertenecer a la religión de ese País o de aquella Nación, cualquiera fuese, no obstante, se le considera ahora como aceptable de someterlo a la Religión que todos los hombres aceptan, dejando a cada uno su particular opinión, y que consiste en ser hombres buenos y leales u hombres de honor y de probidad, cualesquiera fuesen las denominaciones o creencias que pudiesen distinguirlos; de este modo, la Masonería deviene el centro de unión y el medio de anudar una verdadera amistad entre personas que hubiesen debido permanecer perpetuamente alejadas entre sí.”

El texto de 1738.

“Un masón está obligado por su título obedecer a la ley moral en tanto que verdadero noaquita y si comprende bien la profesión, él no será nunca un ateo estúpido, ni un libertino irreligioso ni actuará en contra de su conciencia.” “En los tiempos antiguos, los masones cristianos eran llamados a actuar de acuerdo con las costumbres cristianas de cada país donde ellos viajaban. Pero la masonería existente en todas las naciones, aun de religiones diversas, lleva a que los masones adhieran a la religión según la cual todos los hombres están de acuerdo (dejando a cada hermano sus propias opiniones), es decir, ser hombres de bien y leales, hombres de honor y de probidad, cualquiera sean los nombres, religiones o confesiones que ayuden a distinguirlos: pues todos se articulan sobre los tres artículos de Noé suficientes para preservar el fundamento de la Logia. De este modo la Masonería es el centro de la unión y el feliz medio de unir a las personas, quienes, de otro modo, habrían permanecido perpetuamente desconocidas entre sí.”


Está claro que en el proyecto Andersoniano de 1738 las cláusulas restrictivas en torno a la religión “en la que todo hombre conviene” debían ser eliminadas a fin de abrir la orden aún a aquellos que no eran cristianos. O tal vez, simplemente, los protestantes doblaran la apuesta.

Pero hay otro detalle en el texto de 1738 que merece particular atención: la frase “un verdadero noaquita”, concepto al que ya hemos hecho referencia y que colocaba a la francmasonería como paradigma de una religión arcaica, poseedora de la tradición común de las tres grandes religiones monoteístas.

Luego de la publicación de la bula, la represión se produjo en forma desigual según el país y la influencia que el clero ejerciera sobre los estados. Pese a que su texto era lo suficientemente virulento como para no dejar dudas, el edicto de publicación mereció una aclaración por parte del cardenal Firrao en 1739 -en un decreto para los Estados Pontificios- que agregaba “…Que ninguna persona pueda reunirse, juntarse o agregarse, en lugar alguno, con la indicada sociedad, ni hallarse presente en sus asambleas, bajo pena de muerte, y confiscación de sus bienes, en las que incurrirá irremisiblemente el contraventor, sin esperanza alguna de perdón…” Pero ya era tarde. En pocos años, el Discurso de Ramsay se convertiría en el factor aglutinante de la antigua nobleza dispuesta a una nueva cruzada que no sólo reafirmaría el carácter cristiano de la Orden sino su voluntad de construir una nueva cristiandad más allá de las opiniones del Obispo de Roma.

Mientras tanto, se había abierto la caja de Pandora. Lo francmasonería capitular tenía ahora un perfil definido y una legitimidad institucional. Las tradiciones escocesas, prolijamente excluidas de los protocolos masónicos ingleses, se habían filtrado durante décadas a Francia. Los antiguos grados escoceses y su herencia templaria, mantenidos en secreto por generaciones de masones en las Islas Británicas se expandían en el continente con velocidad pasmosa. Esto significaba un traspié para la masonería hannoveriana que en 1717 había “fundado” la masonería moderna obviando toda referencia a las antiguas tradiciones de origen templario. Las Constituciones de Anderson, señalaban una línea divisoria tras la cual se había borrado y destruido tanto como se había podido la génesis de los grados escoceses. En el futuro, pese al malestar que esto provocaba a la Gran Logia de Londres, el proceso de “templarización” de la francmasonería francesa no se detendría hasta la Revolución.


El 28 de abril 1738, un fatigado y ciego Clemente XII, jaqueado por sus cardenales, incitado por el Gran Inquisidor de Toscana -que veía con horror alzarse un ducado masónico en el emblemático principado de los Médici- promulgó, por fin, la bula “In Eminenti”.

De esta forma Roma, que durante siglos había protegido a los masones operativos, que había tenido en ellos a los eficaces constructores de las iglesias y catedrales de la cristiandad y que había mantenido un discreto apoyo a las logias estuardistas, cuya causa alentaba, condenó por primera vez a la sociedad de los francmasones.

El documento, que entró en vigencia el 4 de mayo de aquel año, no es aún condenatorio del espíritu que subyace detrás de las logias. Es, en rigor de verdad, un abierto golpe a una sociedad -sospechosa y sospechada- que pretende mantener el secreto de sus actividades, el ocultamiento de sus fines y una liberalidad absolutamente “perniciosa” para todo católico.

Pese a que se había solicitado a los episcopados que controlen esta situación, la misma se desmadró. Como si se hubiese recreado la antigua alianza benedictina-masónico-templaria, los abades asumen la presidencia de numerosas logias y establecen su asiento en los propios capítulos de sus abadías. De allí que, en el futuro, a la francmasonería de los “Altos Grados” se la conozca también como “masonería capitular”, puesto que las tenidas se llevaban a cabo en las “Salas Capitulares”, lugar de la abadía reservado a la lectura diaria de un capítulo del Evangelio y al diálogo de la comunidad de monjes. Del mismo modo, los presidentes de las logias compartían el título de “venerables”, dignidad otorgada comúnmente a los abades y monjes destacados en la orden benedictina.

Pero antes de avanzar en la “conspiración de los abades” echemos una mirada sobre la bula en cuestión y sus consecuencias inmediatas.

En principio, en la sociedad del siglo XVIII, ningún estado estaba dispuesto a tolerar la existencia de una sociedad secreta. Antes de 1738, diversos países, como Holanda y España, condenaron y prohibieron la actividad de las logias. Como hemos visto, el Consejo del Rey en Francia había recomendado la eliminación de “esta Orden de Caballería”. La bula papal avanzaba en asuntos más complejos.

Decía Clemente: “…Hemos sabido, y el estado público del asunto no nos ha dejado duda al respecto, de la formación de cierta sociedad, asamblea o asociación, bajo el nombre de francmasones o de Liberi Muratori, o con una denominación equivalente, de acuerdo con la diversidad de los idiomas, en la que son admitidas indiferentemente personas de cualquier religión o secta, las cuales, afectando la apariencia de una probidad natural, condición esta que es exigida como único requisito, han establecido para ellas ciertas leyes, determinados estatutos que los ligan entre sí, y que, en particular, los obligan, bajo las penas más graves, en virtud de un juramento prestado sobre las Sagradas Escrituras, a guardar un secreto inviolable acerca de todo cuanto ocurra en sus asambleas…”

“Si sus actos fueran irreprochables, los francmasones no evitarían con tanto cuidado la luz… Estas asociaciones son siempre dañinas a la tranquilidad del Estado y a la salud de las almas; y, desde nuestro punto de vista, ellas no concuerdan con nuestras leyes civiles y canónicas…”

Desde antaño, la cuestión del secreto y los juramentos de las corporaciones de oficio era tema de preocupación para los reyes y los papas. Las condenas del Concilio Provincial de Avignon en 1326, las persecuciones sufridas en Inglaterra bajo el reinado de Isabel I y las requisitorias dirigidas contra las corporaciones por la Facultad de Teología de París, el 14 de marzo de 1645, son ejemplos suficientes que demuestran que desde el siglo XIV en adelante estas practicas estuvieron en la mira de la Iglesia y de los monarcas. En todo caso, lo novedoso de la bula debe buscarse en las acusaciones de “herejía” e “inmoralidad” con las que se despacha el papa. Curiosamente las mismas que habían sufrido los templarios en el siglo XIV: “Herejía e Inmoralidad”.

Pero sin dudas, la más enigmática de las frases contenidas en el documento papal es la última, en la que luego de describir las múltiples causas anteriormente señaladas agrega la sentencia: “…y por otras razones por nos conocidas”. Develar cuales fueron esas misteriosas razones ha sido la obsesión de muchos historiadores.

Nosotros creemos que hay que buscarlas en la perturbadora alianza que volvía a pergeñarse entre el clero regular, las corporaciones masónicas y esta nueva caballería templaria. Eran numerosos los monasterios plegados a esta “cristiandad” masónica. No se trataba ya de los obreros de “metier”, ni de burgueses en busca de títulos, honores y reconocimiento social. Eran príncipes de sangre real. Hombres con mando y disposición de tropas. Y estaban dispuestos a edificar una sociedad cristiana alejada de las sinuosidades dogmáticas de Roma. La caballería templaria estaba de regreso.

La condena papal

La condena papal jamás se aplicó en Francia. En esa época ninguna decisión de Roma tenía efecto en el reino si no era sancionada por el parlamento. Fleury, por razones que permanecen oscuras, nunca transmitió la bula In Eminenti a los parlamentarios. Sin embargo, detrás de esta actitud parece moverse una sórdida trama de intereses y lealtades que culminarán en una sucesión de tragedias.

Hacia 1738 todo el alto mando masónico francés estaba en manos de los “escoceses”más puros: Ramsay, Macleane y Radcliffe encabezaban los poderosos capítulos de “Maestros Escoceses” que concitaban todo el estado mayor jacobita y buena parte de los pares de Francia. Luis XV tenía conciencia cabal del compromiso de su reino con la causa de Escocia

Ramsay le envía al rey un claro mensaje cuando dice en su “discurso” que fueron los escoceses los que conservaron la herencia espiritual e iniciática de las cruzadas y que los reyes de Francia supieron siempre reconocerles su valor confiándoles su guardia personal. “Esta idea –afirma Kervella- carecía de originalidad pero era rigurosamente cierta, pues en los últimos dos siglos una galería de escoceses ilustres, grandes capitanes, príncipes, señores, magistrados y oficiales de la corona había prestado servicios a los monarcas franceses sirviéndolos con intachable lealtad”. ¿Qué haría el rey, ante las presiones de Roma, con estos leales jacobitas que, enrolados masivamente en la francmasonería, no sólo la controlaban sino que daban muestras del más ferviente ardor cristiano?

Para colmo, Fleury acababa de recibir un mensaje por intermedio de lord Sempill, enviado del mismísimo Jacobo III. Se trataba de un documento firmado por siete jefes de clanes, reunidos secretamente en Escocia, en el que aseguraban a Luis XV que “los escoceses modernos son los verdaderos descendientes de aquellos que tuvieron el honor de contarse durante siglos como los más fieles aliados de los reyes de Francia, sus predecesores”. Allí estaban las firmas de James Drummond, 3º duque de Perth, de su tío Jean Drummond; Simón Frases de Lovat; Lord Linton, poco después conde de Traquaire; Donald Cameron, barón de Lochiel; William Mac Gregor, barón de Balhaldies y Jacques Campbell, barón de Achim-Breck.[4]

Sin dudas se trataba de una encrucijada para Luis XV.

Una vez más, los francmasones tomaron la iniciativa y nombraron Gran Maestre a un francés: Louis Pardaillan de Gondrin, duque d’Antin. La ceremonia se llevó a cabo el 24 de junio, día de San Juan, en el castillo de Aubigny (Pas de Calais) y fue presidida por el duque de Richmond. Pero esta vez la elección se había decidido sin el consentimiento de la Gran Logia de Londres, en donde la noticia cayó como un balde de agua fría; es muy probable que la cúpula jacobita de la masonería francesa pautara la elección del duque d’Antín con el propio Fleury[5].

Lo cierto es que el año 1738 marca la fecha en que la francmasonería francesa se independizó definitivamente de la tutela inglesa e instaló solemnemente a un Gran Maestro de la Masonería del Reino de Francia. El duque d’Antin contaba al menos con un antecedente: Había sucedido a Jules Hardouin-Mansard -uno de los grandes arquitectos del Palacio de Versalles- en el cargo de “Superintendente de Construcciones”.

En cuanto al rey, prefirió no darle importancia al asunto. En una nota dirigida al embajador de Roma, Saint-Aignam, justificó de este modo su actitud: “…La bula que el papa ha dado contra los francmasones no bastará probablemente para abolir esta cofradía, sobre todo si no existe otro castigo que el temor a la excomunión. La Corte de Roma ha aplicado tan a menudo esta pena que ella es hoy día poco eficaz para reprimir. Esta sociedad había comenzado a hacer algunos progresos aquí. El rey le hizo saber que le disgustaba y desapareció…”

Ramsay murió el 6 de mayo de 1743 en Saint-Germain-en-Laye. Para entonces su misión estaba cumplida. El complejo sistema diseñado por los francmasones “escoceses” se había establecido con fuerza, lejos de la tutela inglesa y al amparo de las iras de la Iglesia, cada vez más convencida del peligro que se cernía sobre ella. Paradójicamente, el triunfo de Ramsay había cerrado el paso a Voltaire y a los elementos más antirromanos de la Orden, construyendo una masonería pro católica, en modo alguno hostil a la monarquía. Pero en Roma persistía la certeza de que esta masonería, que anclaba su poder en la aristocracia, era más peligrosa aún que la de los rústicos artesanos que habían conformado las antiguas corporaciones de oficios.

4.- El clero regular y la masonería de los “Altos Grados”

La numerosa presencia de eclesiásticos en la francmasonería del siglo XVIII sigue siendo un hecho significativo, sobre el que mucho se ha discutido. Los masones han explotado este dato al atribuirlo al carácter “tolerante” y universalista que reinaba en las logias, mientras que los príncipes de la Iglesia han preferido buscar sus causas en la debilidad de ciertos sacerdotes, la situación de crisis que vivía la iglesia francesa, el galicanismo y hasta cierta ingenuidad del clero ilustrado que buscaba en las logias un ámbito de expresión para las modas filosóficas de la época.

El fenómeno estaba tan difundido que, pese a los intentos por minimizarlo, no ha podido ser soslayado; Berthelot, Charles Ledré, Maurice Colinon y muchos otros autores católicos han ensayado las más diversas conjeturas. Pocos se han tomado el trabajo de comprender este fenómeno complejo. Se han confeccionado extensas listas de clérigos masones; en algunos casos como resultado de la frenética caza de traidores por parte del clero ultramontano: ¡Señalemos a los malos sacerdotes que se han aliado al enemigo más feroz de la Iglesia!

Otros han comprendido que el fenómeno era mucho más inquietante. Ferrer Benimelli -uno de los más prestigiosos investigadores de la historia de la francmasonería- ha publicado una lista de más de tres mil religiosos afiliados a las logias. Se sabe que en el siglo XVIII muchas estaban conformadas por gente del clero; que en numerosos casos eran conducidas por ellos y que los más insospechados monasterios eran activos centros masónicos.

Es cierto que no puede atribuirse la totalidad del fenómeno a la sintonía del clero con los católicos jacobitas. Sin embargo es en este vínculo donde se percibe la mayor presencia del clero regular. El monasticismo del siglo XVIII comulgó con la causa jacobita y dejó su impronta en la francmasonería de los altos grados, introduciendo muchos de los elementos centrales de los rituales “filosóficos” con base templaria que aun hoy se practican.

Del mismo modo que los benedictinos del Imperio Carolingio establecieron las bases alegóricas del simbolismo masónico operativo, el clero regular del siglo XVIII proveyó de contenido a los altos grados, intervino en la conformación de la leyenda del tercer grado y mantuvo un alto contenido católico en los sistemas desarrollados en torno a la metáfora templaria.

Benedictinos, agustinos, franciscanos y jesuitas conformaron un sólido conjunto dentro de las logias y marcaron el perfil espiritual de la nueva caballería templaria. El desarrollo “filosófico” que daría nacimiento a los sistemas y ritos masónicos de la segunda mitad del siglo no puede comprenderse sin su presencia y su aporte. Ya en la década de 1730 -época coincidente con la creciente penetración jacobita en las logias francesas- podemos encontrar manifestaciones tempranas de esta alianza.

A principios de la década, el regimiento de Fitz James, estacionado en Poitiers, estableció relaciones con la nobleza local, adquiriendo numerosos prosélitos a la causa jacobita. Entre ellos se destaca Rene de Pigis, abad comandatario de la abadía benedictina de Quincay desde 1718. En 1750 el abad de Pigis recibe poderes para abrir allí un Capítulo de los “caballeros elegidos”; Lo secundan Charles Gaebier, canónigo de la iglesia de Sta. Radagonde, el abad Pierre-Francoise Fummé, prior de la misma iglesia y otros altos señores con cargos civiles de Jerarquía.

Por la misma época, monseñor Conan de Saint Luc denuncia la presencia de frailes en la logia de Quimper, pero estos obtienen la rápida protección del arzobispo de Tours.[6] Hecho similar ocurre con el obispo de Marsella en 1737 cuando denuncia ante el intendente de Provenza la pretensión del Marquéz de Calvière, venerable de Avignon de fundar una logia en la ciudad de los papas!

Los monasterios de Guise y de Troyes se convirtieron en importantes capítulos masónicos, a los que podría sumarse una larga lista de logias en las que el clero regular –en especial los benedictinos- tenía la conducción[7]. Pero el dato más sorprendente es que en la propia abadía de Clervaux –la misma en la que San Bernardo redactara la Regla Templaria- funcionó, durante muchos años, uno de los centros masónicos más importantes de Francia. También es un hecho constatado que el clero regular belga se incorporó en masa a la masonería en el siglo XVIII, con la aprobación de algunos de sus obispos.[8]

Ante estos antecedentes resulta pueril sostener que se trataba solo de “ovejas descarriadas”. Tan pueril como creer que la francmasonería fuese capaz de atraer la atención del clero regular sólo por la seducción de sus principios y su condición de “elite” en tiempos de la Ilustración.

Por el contrario, la incorporación del clero regular a las logias debe haber constituido un objetivo de las logias estuardistas que –a causa de su tradición escocesa-mantenían desde hacía siglos la presencia de capellanes en sus estructuras masónicas y conocían el antiguo vínculo entre las logias operativas y las logias cluniacenses, cuya tradición habían heredado. Su Logia Madre de Kilwining era –de hecho- una logia de constructores benedictinos.

Oswald Wirth reconoce esta proximidad cuando afirma que no sólo “...la masonería francesa del siglo XVIII no era de ninguna manera hostil al catolicismo ni discutía ninguna cuestión de dogma dejando a cada cual sus creencias...” sino que “...Todo sacerdote era considerado sagrado, cuya ordenación correspondía según las ideas de la época, a la suprema iniciación...” y agrega: “En estas condiciones más de un eclesiástico reunió en sí las dignidades de la Iglesia con aquellas de la Masonería, y se encontraba esto muy natural...”[9]

Todo lleva a pensar que el clero regular fue el responsable de introducir gran parte de las doctrinas del grado de “Maestro”, y de los distintos grados de “Elegidos”. A su vez, el sincretismo de estas doctrinas surgidas de los monasterios con las corrientes rosacruces y herméticas -que se venían desarrollando en el seno de las logias desde el siglo XVII- dieron por resultado el conjunto de ritos filosóficos y místicos que constituyeron la característica principal de la masonería del siglo XVIII.

Esto explica por qué razón el anticlericalismo de la masonería del siglo XIX cargó con tanta vehemencia contra Ramsay y los “Altos Grados”, descalificándolo con un desprecio inaudito.

Findel lo define como un fabulador cuya “peligrosa innovación ha persistido a pesar de la perseverante oposición de todos los buenos masones...” y el Diccionario Enciclopédico de la Francmasonería lo incluye entre los masones ilustres, pero lo acusa de ser “...el primero que rompió la unidad del primitivo simbolismo, creando el sistema supermasónico de los altos grados, e inventando la fábula jesuítica templaria que les sirve de base...”

“Los altos grados –decía el historiador G. Martin- nacieron de esa necesidad de sublimar la francmasonería y despojarla del aspecto profesional que chocaba a los caballeros, hombres para quien el trabajo manual representaba, desde hacía siglos, una mancha indeleble para cualquier blasón...” Pese a estas diatribas desmedidas, hay muchos indicios que indican que el grado de maestro –y no sólo los “Altos Grados”- fue creado por los escoceses con una fuerte influencia monástica.

5.- El nacimiento de la Estricta Observancia Templaria

Los esfuerzos de Ramsay y de la francmasonería jacobita alcanzaron éxitos insospechados. Pese a que en su discurso sólo hace mención a los cruzados, la imagen de los caballeros templarios fue inmediatamente asociada y convertida en el eje de muchos de los rituales desarrollados entre los “Elegidos”. Los “Altos Grados” proliferaron con rapidez y muy pronto las principales ciudades de Francia poseyeron sus “capítulos” y sus “logias de perfección”.

Pero los líderes escoceses preparaban un plan general que reinstaurara la Orden del Temple en Europa. Pese al éxito obtenido por Ramsay y el desarrollo de los capítulos, esta nueva caballería pretendía organizarse en una verdadera Orden llamada a controlar la francmasonería y -justo es decirlo- servirse de ella.

La tarea demandó un tiempo; probablemente el necesario para la selección de aquellos hombres que podrían llevar a cabo tan ambicioso plan. Durante algunos años, el alto mando escocés desarrolló la idea de un “Imperio Transnacional” que superase las divisiones provocadas por los cismas religiosos y las vicisitudes políticas de Europa. Esta idea debía incluir una estructura moral que rigiese la vida de los estados seculares, imbuidos del ideal masónico de paz, fraternidad, tolerancia, virtud y progreso.[10]

Se necesitaba un hombre especial, un espíritu a la vez justo y audaz, en alguna medida ingenuo, convencido de la existencia de una tradición sólo accesible a ciertos iniciados; que fuese lo suficientemente dócil para aceptar ser controlado por los jacobitas pero tan intrépido como para concitar la lealtad de nobles y príncipes. ¿Dónde encontrarlo?

En 1742 Francfort se había convertido en un hervidero de jóvenes aristócratas atraídos por la pompa de la consagración de Carlos VII. Hacia allí convergían cuerpos militares con sus logias, acompañando a las grandes embajadas de los estados europeos e infinidad de caballeros y gentiles hombres que no querían perderse tan magnífico evento.

La más numerosa y ostentosa de las embajadas, era, sin dudas, la del mariscal Belle-Isle, representante de Luis XV, enviado a la inminente coronación de Carlos. Entre los hombres que acompañaban a Belle-Isle abundaban los elementos francmasones jacobitas, algunos de alto nivel como es el caso de La Tierce –redactor de las constituciones masónicas francesas de 1742 que incluirían en el prefacio al discurso de Ramsay- sobre quien volveremos más tarde.

Marqués de Belle-Islle

Marqués de Belle-Islle

Algunos de estos caballeros que acompañaban al mariscal, se apresuraron a conformar una logia en Francfort en la que fueron iniciados numerosos aristócratas alemanes. Uno de ellos, el barón Carl-Gotthelf von Hund, señor de Altengrotkau y de Lipse, llevaría a cabo el plan de los jacobitas y constituiría el movimiento masónico-templario de más vasto alcance en la historia moderna.

Tenía apenas veintiún años, pero este gentilhombre de cierta fortuna, nacido en la Lucase, demostraría estar a la altura de la enorme exigencia a la que sería sometido por sus “Superiores Ignorados”.

Coinciden las fuentes en que un año después de su iniciación en Francfort viajó a París, donde permaneció algunos meses. Se lo introdujo rápidamente en la masonería capitular y pronto estuvo en posesión de los secretos de los “Altos Grados”. Abrazó de inmediato el pensamiento de Ramsay “que todo verdadero masón es un caballero templario”.

Fue convocado entonces -según él mismo referiría años más tarde- a un conclave secreto al más alto nivel de la masonería jacobita. Allí, lord William Kilmarnock y lord Cliffords, en presencia de otro misterioso personaje -al que Hund nunca se refirió con otro nombre que el de “Caballero de la pluma roja”- fue hecho “Caballero Templario”.

En la misma reunión le fue impuesto un nombre de guerra con el que sería reconocido en adelante –eques ab ense (caballero de la espada)- y se le comunicó la historia secreta de la supervivencia templaria en Escocia. En efecto, estos hombres explicaron a von Hund el modo en que la Orden del Temple había mantenido en secreto su existencia, estableciéndose en Escocia desde las remotas épocas de la persecución. En rigor, la versión coincidía con el relato de Ramsay, pero esta vez los escoceses habían sido más explícitos en el carácter “templario” de los refugiados. Se le dijo también que la nómina de los Grandes Maestres sucedidos desde entonces había permanecido igualmente secreta, así como el nombre de los actuales jefes a los que se los denominaba con el sugerente nombre de “Superiores Ignorados”. Nadie podía conocer la identidad de los jefes vivos ni del actual Gran Maestre. Podrá el lector imaginarse fácilmente cuánto sería explotada en adelante esta cuestión de los “superiores desconocidos”. Pero volvamos a nuestro relato.

Hund recibió una “patente” de Gran Maestre de la sétima provincia del Temple, que era Alemania, e instrucciones precisas acerca de su misión: Reestablecer la Orden en sus antiguas provincias, reclutar sus caballeros entre los elementos más nobles de la francmasonería capitular y proveer el financiamiento económico de toda la nueva estructura templaria.

Todo esto fue tomado muy en serio por Hund, que se abocó de inmediato a la tarea. A cambio sólo recibió de sus superiores ignorados el compromiso de mantenerse en contacto epistolar, mediante el que recibiría futuras instrucciones.

Regresó de inmediato a Alemania y comenzó a trabajar en secreto con un selecto grupo de hermanos suyos a los que nombró “caballeros” en base al modelo de Estatutos que él calificaba de “originales. Se abocó a redactar los nuevos rituales de la Orden –probablemente inspirado en la Historia Templariorum, publicada por Gürtler en 1703- y trazó un ambicioso plan que incluía un esquema financiero mediante audaces operaciones comerciales, cuyas rentas, otorgaron a la Orden un creciente poder económico. Para Hund este no era más que el paso previo para la recuperación de las antiguas posesiones del Temple.

En 1751 fundó en Kittlitz la logia “las Tres Columnas” que muy pronto tomo contacto y se asoció con la logia de Naumborg. Le dio a su Orden el nombre de “Estricta Observancia Templaria” en referencia al absoluto secreto que debían mantener sus afiliados y a la idea de vasallaje, tomada de las prácticas feudales de la Alta Edad Media. Logró, en pocos años, que catorce príncipes reinantes en Europa le juraran obediencia. Los templarios de Hund se expandieron de tal forma que logró controlar los cuadros más prominentes de la francmasonería europea. Sólo en Alemania veintiséis nobles llegaron a pertenecer a la Orden de la Estricta Observancia, entre ellos el duque de Brunswik, que lo sucedería al frete de la Orden. Nunca antes ni después se asistiría a una restauración tan profunda del Temple.

Carta Patente de la Logia de las Tres Columnas


Se observa la firma del barón Gottel von Hund (Carolus, eques ab ense)

El espíritu caballeresco de la Edad Media encontró en la nueva Orden su expresión más pura. En el aspecto externo, la Estricta Observancia se caracterizó por un retorno a la antigua liturgia: Armaduras y atuendos principescos, banquetes refinados de estilo medieval, ceremonias complejas rodeadas de pompa en los antiguos castillos y una amplia jerarquía de títulos y honores que la convertían en una organización rígida y piramidal. A juzgar por el tenor de sus integrantes y de la férrea práctica de los estatutos y las reglas, puede afirmarse que esta Orden pudo haber llegado a constituir un factor político y militar de peligroso pronóstico.

Pero el aspecto interno no parece haber tenido un correlato similar. No se conoce, o al menos no ha llegado a nosotros, un legado propio en cuanto a su filosofía y a su desarrollo intelectual. La época coincidió con un verdadero auge del hermetismo y la alquimia, sumados a un fuerte revaloración del mundo antiguo que ya anticipaba la “fiebre arqueológica” de los alemanes del siglo XIX. Las bases operativas de la Estricta Observancia se constituyeron en laboratorios donde los aristócratas se apasionaron por el estudio de la naturaleza oculta de los elementos.

Sin embargo, insistiremos en un concepto fundamental a la hora de evaluar los acontecimientos posteriores: La Estricta Observancia, también denominada Reformada de Dresde –puesto que el sistema había sido en principio adoptado por las logias de Unwürden y Dresde- “...pretendía ser, no ya la heredera, sino ir mucho más allá y reinstaurar la Orden del Temple, abolida en 1312...”[11] Diremos también que los problemas de Hund comenzaron cuando debió justificar frente a sus hermanos la veracidad de aquel mandato y la existencia de los Superiores Desconocidos.

En 1763, un supuesto dirigente de la Orden, de origen alemán pero que se hacía pasar por inglés con el nombre de Johnson, irrumpió en la escena y afirmó ante los jefes de la Estricta Observancia que era un enviado del Capítulo de Old Aberdeen, supuesto asiento de los Superiores Desconocidos. En principio logró engañar a los desprevenidos -incluido el propio Hund- y hasta se animó a ordenar la quema de gran parte de la documentación de la Gran Logia de los Tres Globos de Berlín, por considerarla propia de una falsa masonería.

Mientras esta situación causaba sorpresa y preocupación entre los caballeros, Johnson convocó a un Capítulo en 1764 en el que anunció que sólo él podría en adelante crear caballeros y que estaba en posesión de poderes conferidos por superiores desconocidos de Escocia y Oriente. La situación era complicada para el barón Hund, puesto que no podía contradecir sino apoyar las afirmaciones de Johnson en cuanto al origen templario de la misma y la existencia de los supuestos superiores desconocidos. Pero no podía tolerar que nadie más que él, que era el Gran Maestre de la Orden en Alemania, pudiera disponer de la facultad para conferir grados superiores.

Se produjo un giro inesperado en los acontecimientos. Hund decidió hacer pública la existencia de la Orden, invitando a todos los francmasones a reconocer la legitimidad de su sistema y jurarle lealtad como único jefe. Llamó a una asamblea en la ciudad de Altenbourg y procedió a organizar la Orden en las antiguas siete provincias templarias; creó nuevos caballeros y fue aclamado Gran Maestre. En tanto, una investigación exhaustiva de los antecedentes de Johnson dio como resultado que era un farsante que había estafado a numerosos incautos, abusado de la confianza de su antiguo señor, el duque de Bernbourg y robado documentación valiosa a un noble de Curlandia. Encarcelado y condenado como convicto de robo, fue oportunamente encerrado en el castillo de Wartenbourg donde moriría años después.

Luego de estos acontecimientos la Orden tomó un impulso inusitado. Fueron incorporados importantes príncipes alemanes y en muy poco tiempo se convirtió en el sistema masónico dominante en Alemania. El carácter riguroso de acatamiento y obediencia al nuevo sistema hizo que se lo denominara de la Estricta Observancia. Se invitó a todas las logias alemanas a que se rectificaran, esto es, que aceptaran la Reforma de Dresde y aceptaran el origen templario de la francmasonería, así como la ininterrumpida existencia de una conducción secreta desde los tiempos de Jacques de Molay: los Superiores Desconocidos. Numerosas logias acudieron al llamado, circunstancia en la que parece haber tenido gran responsabilidad un insigne masón llamado Schubart de Kleefeld, tesorero de la Estricta Observancia, cuya reputación e influencia convenció a muchos de la necesidad de tal rectificación.

A ello debemos agregar la creciente inquietud de monarcas y señores ante el rumor de que la Orden reclamaría las antiguas posesiones templarias. Si esto se llevaba a cabo, si una acción coordinada de los numerosos príncipes y nobles pertenecientes a la Estricta Observancia -con mando sobre tropas y ejércitos propios- presionaban por la cuestión patrimonial del Temple, un verdadero tembladeral sacudiría a los estados europeos.

La Orden de la Estricta Observancia entró entonces en su etapa final, signada por un estado deliberativo que dio lugar a una sucesión de asambleas que desembocarían en el célebre Convento de Wilhelmsbad. En el Convento de Köhlo, celebrado en 1772, von Hund fue desplazado de la conducción de la Orden, proclamándose al duque Ferdinand de Brunswick Gran Maestre General de la Orden de los Francmasones reunidos bajo el Régimen Rectificado (Magnus Superior Ordinis). Se inició entonces un proceso de reorganización administrativa que completó la restauración de las antiguas provincias templarias. La tarea iniciada por von Hund fue completada gracias a la acción de un importante núcleo de dirigentes entre los que cabe destacar a los barones de Weiler y de Waechter.

Quedaron así constituidas las siguientes jurisdicciones:

  • II° Provincia (Auvernia-Lyón);
  • III° (Occitania-Burdeos);
  • V° (Borgoña-Estrasburgo);
  • VII° (Alemania Inferior-sobre el Elba y el Oder);
  • VIII° (Alta Alemania) y la
  • IX° (Italia, por escisión de la VIII).

Estos hombres, masones cristianos, caballeros imbuidos del espíritu templario, fueron actores fundamentales del Convento de Wilhelmsbad que proclamó el Régimen Escocés Rectificado, reconociendo a Ferdinand de Brunswick como su Gran Maestre. El lector podrá encontrar el desarrollo de este Convento en este mismo blog. Por lo pronto –y a la luz de lo expuesto- debería quedar claro que la Masonería Rectificada no es tal sin la herencia caballeresca de la Estricta Observancia.


[1] Reunía también los títulos de Príncipe de Turenne y de Raucourt, 5º Duque de Albret y Par, Duque de Château-Thierry y Par, Conde de Auvergne y de Beaumont-le-Roger, Barón de La Tour, Vizconde de Conches y de Turenne.
[2] Mellor, ob. cit. p. 138.
[3] Colinon, Maurice; “La Iglesia frente a la masonería”
(Buenos Aires, Editorial Huemul, 1963) p. 58.
[4] Kervella, ob. cit. 383.
[5] Mellor, ob. cit. p. 144.
[6] Ledré, Charles; “La Masonería” (Andorra, Editorial Casal I Vall, 1958) p. 77
[7] Como es el caso de Glanfeuil: Logia “Tierno acogimiento”. Casi todos los cargos están ostentados por eclesiásticos. Su venerable es Legrand, benedictino. (1773) 14 eclesiásticos sobre 20 masones. En Compiegne en 1777 la Logia “Saint Germain” tenía como venerable al abate Bourgeois y la conformaban 14 eclesiasticos: benedictinos, dominicos, capuchinos y franciscanos. Otras logias con presencia eclesiástica importante: Alençon: Logia “San Cristóbal de la Fuerte Unión”; Les Andelys: “Logia Perfecta Cordialidad”; Annonay: Logia “Verdadera Virtud”; Bayonne: Logia “El Celo”; Lyon: Logia “San Juan de Jerusalén”; Narbonne: Logia “Perfecta Unión”; Orleáns: Logia “La Unión”; Rennes: Logia “Perfecta Unión”.
[8] Colinon, ob. cit. p. 74 y ss.
[9] Wirth, Oswald, “El Libro del Aprendiz Masón” (Santiago de Chile) p. 65.
[10] Labée, Francois “Chroniques d’Histoire Maçonnique” Nº 48
(Paris, Iderm, 1997) pp. 3-9.

[11] Martí Blanco, Ramón “El Rito Escocés Rectificado: Su historia, sus orígenes, su doctrina” Libro de Trabajos 1998/1999 Logia de Estudios e Investigaciones “Duque de Wharton” Tarragona, Arola Editors, 1999 p. 190.


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